Ese día aikido me regaló muchas lecciones, algunas las consigné aquí: http://conelbichitoyelcopalito.blogspot.mx/2015/01/shodan.html pero en este lugar quiero anotar otra, ahora que la puedo escribir creo que con mejor claridad, y porque creo que me hará bien escribirla: una lección de humildad, lo cual quiere decir, una lección de profundo amor a mí misma, de aceptación, de compasión, de libertad.
A veces, sin darnos cuenta, creemos que estamos en un momento muy bueno de alguna parte de nuestro aikido, que por fin nos estamos dando cuenta de algo, que hay cosas que "ya sabemos" o que (o porque) "ya deberíamos saber", y de repente estás ante una situación que interpretas como una indicación de que estás totalmente perdida, de que no supiste hacer algo, de que hiciste todo mal y tu ego, tu duende maligno, tu juez severo, te acribilla el alma, con una actitud que pretende ser de un orgullo herido. Primero ese maltrato, luego, si te descuidas, puede venir el maltrato por "no haber sido humilde", por haber perdido ese pliegue de tu hakama*.
Pero entonces, antes de que esto pueda agarrar fuerza, tu ser de luz, acaso inspirado por uno de los dioses o diosas del aikido (quién dijo que no eran diosas, o que no había diosas de aikido, ha de haber pues hablamos de armonía), te susurra "alto", y luego te señala que la humildad es una lección de libertad y de amor.
Eres libre cuando sueltas las cargas de las expectativas, te amas cuando te aceptas en lo bueno y en lo malo, en los vuelos y en las caídas, eres compasiva cuando escuchas tu dolor y sin juzgarlo lo sanas y sacas de ahí una poderosa lección. Mantenerte humilde te permite mantenerte abierta a esta actitud, y esta actitud te permite mantener una mente de estudiante, abierta a cada lección, dispuesta a soltar para recibir, que reconoce tu aprendizaje y tu avance y, sobre todo, que reconoce (y cada día aprende a reconocer más y mejor) todo lo que aún queda por explorar, por aprender y por descubrir. Que sabe que cada aprendizaje es la puerta a otra porción de tu ignorancia, ese vasto campo en blanco que espera a ser llenado, pues cada aprendizaje agranda tu mirada, te permite ver más allá, hacia las lecciones que vienen en camino.
Si perdemos esto, si empezamos a sentir que "tenemos que demostrar" que sabemos, que "servimos", que "somos buenas", que "merecemos este grado", etc., o que hay cosas que "ya deberíamos" saber o manejar, empezamos a sufrir vanamente (lo cual suena a repetición innecesaria desde el budismo, pues si bien el dolor es inevitable el sufrimiento no), nuestros ojos se oscurecen de nubes pesadas y tormentosas, perdemos la alegría y hasta las ganas de seguir, y nos cerramos a un aprendizaje amoroso y feliz. Y pues, no vale la pena.
Entonces, a mantener junto a mí constantemente ese pliegue de mi hakama, esa actitud de amor y libertad, de armonía conmigo, con aikido, con mis compañeras y compañeros, maestras y maestros, y con el universo.
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*Recordemos que se dice que cada pliegue de la hakama representa una de las siete virtudes del budo, y una de ellas es la humildad. Aquí hablo de cómo he llegado a entenderla luego de esto, quizás de la mejor forma de entenderla para quien soy en este momento.