miércoles, 13 de febrero de 2008

el viento y los árboles

Acabo de asomarme a la ventana y ví un árbol que se mecía con el viento. Ví también otros árboles que no se movían, o no parecían hacerlo.

El árbol se mecía dulcemente con la brisa nocturna, pero en el día, a veces el viento fuerte también lo mueve, pero no lo rompe. Quizás por sus poderosas raíces, y por la flexibilidad de su tronco, en todo caso grueso, y seguramente con muchas capas acumuladas ahí en el tiempo, en su vida.

Evidentemente pensé en la gente. En algunos que se mueven tanto con las más ligeras brisas. La gente muy sensible, que se mece, se mueve, pero no se rompe... aunque a veces.

Pero no se rompe.

Pensé en que el sufrimiento proviene de ese oponerse al movimiento, a la brisa o al viento fuerte. Quizás el sufrimiento es temerle a es viento, a esa brisa. Quizás el temor es ver en cada viento un hacha que romperá.

Pero ningún viento, ni siquiera esos tan fuertes que amenazaron tanto, han logrado romperme. Y ninguno lo quería.

Quizás me hicieron fuerte, lo necesario para ahora vivir aquí entre brisas y vientos sabiendo que en realidad no voy a romperme.

Aunque a veces, claro, me parece que sí, que si voy a romperme. Pero entonces viene algún pensamiento que me indica claramente que no.

Eso espero.